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MARRAKECH, Y LA PLAZA QUE NUNCA DUERME

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MARRAKECH

Y LA PLAZA QUE NUNCA DUERME

ENE 2021 BY JESUS DE MIGUEL
MARRAKECH suele ser la ciudad por la que entran muchos de los viajeros que vienen a Marruecos por primera vez y por ello una de las ciudades imperiales mas conocidas y mas descritas en textos de todo tipo. Pero no por ello dejaremos de incluirla en nuestra colección de destinos ROM.

En la amurallada Marrakech todos los caminos de la medina llevan a un solo lugar, la Plaza Jemaa el-Fna que se va transformando a cada minuto para convertirse en uno de los mayores espectáculos del mundo. La vida de este lugar, alumbrado por la fastuosa mezquita Koutoubia (hermana de la Giralda de Sevilla) facilita un encuentro seguro con sacamuelas, echadores de cartas, encantadores de serpientes (y lo que no son serpientes), monos de la berbería, vendedores de tres al cuarto, predicadores, echacartas, bohemios y una amplia colección de turistas boquiabiertos que no se creen lo que allí sucede. Una de dos, se puede observar todo desde la barrera del Café de France tomando un delicioso té a la menta o entrar de lleno a un show cargado de verdad que fue nombrado Patrimonio Inmaterial de la UNESCO y que se repite todos y cada uno de los días.

La plaza Jemaa el-Fna vive cada jornada como un proceso orgánico caracterizado por tener más regularidad de la que parece a simple vista. Amanece con parsimonia, como si necesitara tiempo para quitarse las legañas de los ojos. Da la sensación de que no es capaz de intuir lo que le va a ir sucediendo hasta bien entrada la noche. Los más madrugadores son los vendedores de zumos naturales, con sus frutas en perfecto estado de revista. Te las exprimen allí mismo y vienen a cobrar 4 dirhams el zumo de naranja (aprox 40 céntimos de euro), subiendo algún dirham más si le añaden limón o si, en cambio, escoges un buen jugo de granada, que sabe delicioso y es todo un éxito de ventas. Uno, la verdad, es incapaz de decir que no ante una propuesta semejante.

Cuando el sol empieza a golpear hasta irse haciendo insaciable, los mercaderes que han colocado bien su género en su puesto correspondiente (souvenirs, artesanía, camisetas, chilabas, cachimbas, lámparas, etc.) aumentan la proximidad con los transeúntes. El turista aquí es una presa de fácil diana. Demasiado fácil, diría yo. Un saludo, una sonrisa y te las ves dentro de la tienda probándote unas babuchas que te vienen grandes y regateando como si te fuera la vida con el último dirham.

La siguiente atracción viene acompañada por un ruido de flautines. Son los encantadores de serpientes los protagonistas del show que tiene lugar en el centro de la plaza. Varias cobras, hieráticas como auténticas esfinges, se mueven al son de la música. También hay serpientes de distintos tamaños, quienes despiertan la curiosidad de los paseantes. Pero mientras observas de lejos la escena (lo suficiente para que no te acerquen reptiles por la espalda) aparece alguien con un mono de la berbería sobre los hombros. Tengo que reconocer que de estos macacos me fío menos que de un banquero. Hace años uno de ellos se me subió encima para después hacer sus necesidades encima de mi abrigo recién comprado (el mono, no el banquero, aunque la circunstancia viene a ser parecida en ambos casos).

Y cuando el caos se adueña de la plaza se abalanzan sobre ti mujeres que tatúan con henna, los de las terrazas ofreciéndote un té a la menta y más mercaderes utilizando tu lengua materna como si hubiesen estudiado todos en el mismísimo Instituto Cervantes. En Marruecos existe la teoría de que no hay mejor academia de idiomas que regentar un comercio. Allí te haces políglota a la fuerza.

Sacamuelas, limpiabotas, vendepañuelos o señores que montan un puesto de especial en medio minuto copan más huecos de una plaza que, por mucho que lo intenten, nunca se les queda pequeña. Si eres una de esas personas fáciles de convencer terminas comprando aceite de argán, cúrcuma para cocinar, menta para el té y un remedio super eficaz para los ronquidos que te ha recomendado Mohammed, el mayor engatusador de Marrakech, y que parece conocerte con sólo mirarte.

Llegan las actuaciones musicales y los ritmos africanos de los gnaouas o gnauas, descendientes de esclavos negros de países como Guinea o Sudán que bailan como si les hubiera poseído algún espíritu. De fondo también se deja ver esa pareja de aguadores ataviados con un disfraz rojo muy kitsch que intercambian foto exótica por propina. O echadoras de cartas que bien leen las manos o utilizan tanto el tarot como la baraja española para adivinar el futuro. No sé qué tendrán estas pitonisas porque no dan a basto con tantos clientes que se les acercan cada día.

A eso de las cuatro o cuatro y media, sillas y mesas son colocadas en un extremo para formar el mejor restaurante al aire libre de Marrakech. Los amantes de la comida callejera tienen en todos estos puestos una gran noticia. El humo de las primeras brasas indica que Jemaa el-Fna, LA PLAZA con mayúsculas, se encuentra en plena ebullición. Y es justo en este instante cuando suelo buscar un refugio al que escapar para verlo mejor desde la barrera. Para ello no hay mejores santuarios que se me ocurran que las terrazas de bares o cafés, lugares donde uno puede marcar distancias y dedicarse únicamente a contemplar lo que sucede más abajo.

He probado ya unos cuantos, pero mi preferida es la tercera planta del Café de France. La segunda también me vale, aunque es menos diáfana para tomar fotografías. Una vez arriba pido un té a la menta o, si tengo antojo, un delicioso batido de aguacate con leche (preparan uno espectacular). Y enter sorbo y sorbo atiendo al movimiento del último personaje de la tarde, el sol. Los próximos minutos son los más vibrantes y coloridos. El ruido aumenta mientras un caos aparentemente controlado se adueña de la plaza. Entre tanto el sol tiene como norma esconderse a un extremo de la Kutubiya formando un horizonte de fuego que se contonea con el ruido de los tambores.

Con el último rayo de sol desapareciendo tras la Kutubiya es momento de la llamada a la oración. Todas y cada una de las mezquitas de Marrakech suenan a la vez con cánticos que recuerdan a sus fieles que Alá es el más grande y que Mahoma es su profeta, así como que es tiempo de orar con el corazón mirando hacia La Meca. Es entonces cuando desde la terraza del Café de France se asiste a un par de minutos en que la sacralidad se abre paso sobre las banalidades de la plaza. El almuecín tras su canto emocionado apaga su garganta y por fin llega la noche a la Jemaa e-Fna.

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