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CHAOUEN (Marruecos): El Reino Azul.

CHAOUEN

El reino azul.

Tipica puerta de ChaouenExiste un lugar capaz de trasladarte a otro tiempo, en el que la prisa no está ni se la espera porque dicen que mata, y que trastoca tu ritmo y tus latidos del corazón lo quieras o no. Es un reino de calles azules y blancas, sobre todo azules, que te persiguen con sus estrecheces y juegan contigo para perderte en su laberinto de siete puertas. Cuando cae la tarde y los carpinteros rematan sus últimos trabajos, un olor proveniente de finas pipas de madera abandona las puertas entreabiertas y se cuela por los callejones para perfumar las paredes que esconden el azul del cielo hasta la mañana siguiente. El ruido de tambores de la plaza se vuelve hueco cuando choca con las pieles curtidas que cuelgan de las azoteas. Las almenas de la kasbah salen reforzadas de esta armonía de colores y recuerda las fortalezas y debilidades de un pueblo como ningún otro.

El reino azul no es mitología ni novela. Se encuentra escondido en las faldas de las escarpadas montañas que siluetean la cordillera del Rif y más cerca de lo que uno se podría imaginar. Chaouen se clava en tus ojos y en tu piel como un tatuaje que no tiene vuelta atrás. “El barrio español” y los indicativos de pensiones o cafés con nombres de ciudades como Valencia o Madrid son síntomas de aquel período que duró algo más de cuarenta años (1913-1956)del protectorado español. De hecho Chaouen fue la última ciudad que retiró la bandera española cuando la Independencia de Marruecos era prácticamente un hecho. El Rif aún posee esa influencia que recuerdan los lugareños sin demasiado rencor, como una parte más de esa historia de idas y venidas de la corriente peninsular. Muchos de ellos hablan todavía el castellano con sorprendente soltura. Y es que Chaouen, fundada en 1471 por Moulay Ali Ben Rachid, fue uno de los receptores de judíos y moriscos expulsados por los Reyes Católicos y por monarcas posteriores. Muchos de ellos, andalusíes, llevaron a las faldas de dos montañas rematadas en pico (Chaouen significa “los cuernos”), lo que muchos reconoceríamos como el típico pueblo blanco andaluz enclavado en una serranía. El característico color azul, añadido más tarde, se cuenta fue una idea de los sefardíes para repeler a los mosquitos.

El azul es indiscutiblemente la seña de identidad de Chaouen y uno no tiene más que mirar a su alrededor para darse cuenta que salvo las telas y alfombras colgadas por los comerciantes, amén del ladrillo de algún minarete, todo es un juego blancoazulado. Para descubrirlo lo mejor es dejarte perder en la medina, sin mapas ni más objetivos que los de caminar con el rumbo que dicten tus pies. Una calle estrecha o una puerta marcará tu camino sin que te des cuenta. Comprenderás entonces, que la ciudad no es un lugar físico sino mental, una hipnosis que te aleja de la rutina.

En Chaouen los relojes no funcionan. El tiempo lo marca la fuerza con que el Sol ataca los impredecibles senderos azulados. Las luces y las sombras modifican los latidos de una calle que pasa de estar solitaria a concurrida. La percepción del espacio y el tiempo se pierden, al igual que tú. Un minuto no es un minuto, una hora no es una hora. De nada sirve pensar en manecillas ni correas abrazando tu muñeca. Basta con escuchar los golpes de martillo de un carpintero o de un curtidor poniendo a secar sus últimos trabajos en piel. El laberinto chauní nace de cientos de calles angostas, de recodos que al tomarlos no tienen salida, de escalinatas que te invitan a bajar por sus peldaños y te llevan a un nuevo rincón dominado por el índigo que tiñe paredes y portones.

Chaouen es también la ciudad de los gatos. Infinidad de miradas felinas vuelan de tejado en tejado, de casa en casa, con sus silencios cautivos, con la elegancia de unas siluetas que se ven dueñas de un territorio que parece pertenecerles por derecho. Finos estilistas de lomo negro y ojos verdes, chauníes de siete vidas, dominan la escena con gestos y maneras presuntuosas.

Chaouen es un lugar excelente para comprar artesanía. Hay verdaderas obras maestras a pie de calle que podrían estar en cualquier museo y que tienen unos precios realmente asequibles. Telas, dagas, cajas lacadas, lámparas, cerámica, cuero, cofres, alfombras, collares, pinturas, juegos de té, jaulas, mesas, portavelas, cojines, objetos con incrustaciones de piedras semipreciosas y un larguísimo etcétera que forma parte de los zocos de la medina y en los que los dirhams se caen solos al suelo. Siempre aparecerá el Mohamed o Hassan de turno con un castellano perfecto que ni el de Cervantes y te tratará de vender lo que necesites comprar… y lo que no.

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